El estress también se come
Cómo influye en nuestra alimentación y qué podemos hacer para cuidarnos.
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Vivimos a un ritmo cada vez más acelerado. El trabajo, las obligaciones, los problemas económicos y la falta de descanso pueden generar un nivel de estrés que no siempre sabemos reconocer. Aunque muchas veces lo asociamos solamente con el cansancio o el mal humor, también puede modificar nuestra manera de alimentarnos.
En momentos de tensión, algunas personas pierden el apetito. Otras, en cambio, sienten más ganas de consumir alimentos dulces, grasos o muy calóricos. Esto no ocurre únicamente por falta de voluntad. Cuando estamos estresados, el cuerpo libera hormonas que pueden aumentar el hambre y favorecer la búsqueda de comidas que brindan una sensación rápida de placer o alivio.
A esto se suma una situación muy frecuente: comer rápido, distraídos y sin registrar las señales de saciedad. Muchas veces almorzamos frente a una pantalla, picamos mientras trabajamos o cenamos tarde, después de un día agotador. De esa forma, resulta más difícil reconocer cuándo tenemos hambre de verdad y cuándo estamos comiendo por ansiedad, cansancio o aburrimiento.
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El descanso también cumple un papel importante. Dormir pocas horas puede aumentar el apetito y llevarnos a elegir alimentos que aportan energía inmediata. Si esta situación se repite durante mucho tiempo, puede favorecer el aumento de peso, los problemas digestivos y una relación poco saludable con la comida.
La solución no pasa por seguir una dieta estricta ni por intentar comer de manera perfecta. Algunas acciones sencillas pueden ayudar: mantener horarios relativamente ordenados, evitar pasar demasiadas horas sin comer y tener opciones prácticas disponibles, como frutas, yogur, frutos secos o un sándwich casero.
También es recomendable sentarse a comer con calma, reducir las distracciones y prestar atención al sabor, la cantidad y la sensación de saciedad. La actividad física, el buen descanso y los momentos de desconexión forman parte del mismo cuidado.
No se trata de controlar cada bocado, sino de aprender a escuchar al cuerpo. Cuando el estrés se vuelve permanente o afecta demasiado nuestra forma de alimentarnos, buscar ayuda profesional puede marcar una gran diferencia. Cuidar la salud emocional también es una manera de cuidar nuestra nutrición.
IG : lic.anabellagemin

