Nutrición: "Eso no lo puedo comer": el problema de demonizar alimentos
Por Lic. Anabella Gemin – MP 6244 Columna semanal de nutrición para QZ Noticias
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"Eso no lo puedo comer." Lo escucho seguido en el consultorio. Y siempre me genera la misma pregunta interna: ¿no podés, o decidiste no comer tanto?
No es lo mismo. Y la distinción importa más de lo que parece.
Desde los años 70, la psicología alimentaria viene estudiando qué pasa cuando una persona
clasifica ciertos alimentos como prohibidos. Herman y Polivy describieron algo que llamaron contrarregulación, y que en la práctica se ve así: la persona que tiene un alimento en lista negra,
cuando finalmente lo come —aunque sea poco—, tiende a perder el registro y seguir comiendo sin límite.
El razonamiento inconsciente es conocido: "ya lo arruiné, total sigo". La restricción mental no frenó el consumo. Lo disparó.
Una revisión publicada en el Journal of the American Dietetic Association fue más allá: mostró
que la restricción alimentaria autoimpuesta se asocia no solo con episodios de sobreingesta, sino
también con preocupación constante por la comida y mayor reactividad emocional. Dicho de otro
modo, el alimento que decidiste no comer empieza a ocupar más espacio en tu cabeza que si
simplemente lo comieras con moderación.
Vale aclarar algo, porque el tema da para malentendidos: esto no es un argumento para comer
cualquier cosa sin criterio. Es una observación sobre la carga mental que le ponemos a ciertos
alimentos, y cómo esa carga puede volverse en contra.
Una pizza no arruina ninguna alimentación. Un alfajor tampoco. Lo que sí complica las cosas es la
culpa que viene después, la sensación de haber fallado, el "ya que lo comí, como de todo". Ahí es
cuando un momento de disfrute se convierte en un ciclo difícil de romper.
Lo que la evidencia sugiere, y lo que en el consultorio se ve una y otra vez, es que una relación
más tranquila con la comida —sin categorías de prohibido ni de pecado— termina siendo más
sostenible que cualquier lista de alimentos vedados.
