“Generarle desafíos al espectador es el teatro del futuro”
Federico Fanchini es director y dramaturgo, y presentará “El rectificador de cigüeñales” este domingo en la Sala Nachman. En diálogo con QZ aseguró: “Al público le gusta lo participativo, sentirse parte del círculo que completa la obra”.
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La obra El rectificador de cigüeñales, escrita y dirigida por Federico Fanchini, se presentará este domingo 12 a las 18:00 en la Sala Nachman del Teatro Auditorium (Boulevard Marítimo 2280). Concebida en una sola tirada, sin correcciones, propone un viaje teatral hacia las zonas más crudas y contradictorias de la condición humana. Con una extenso recorrido de ocho años -pandemia por medio- hasta finalmente pudo llegar a los escenarios, se trata de una propuesta que genera desafíos ya que para su autor “al público teatral de hoy ya no le gusta ese rol de espectador muerto y estático”.
Roberto De Large, Mery Waller, Juaco Paris y Edgardo Colella son quienes finalmente le dan vida a los personajes de El rectificador de cigüeñales, luego de otros dos elencos que por diversos motivos no pudieron concretarla. La historia se centra en una familia atravesada por la ausencia del padre y por tensiones que emergen ante la decisión de madre de rehacer su vida amorosa, y es para Franchini su “obra imposible”. En diálogo con QZ Noticias el director y dramaturgo explicó: “Es mi obra número 12 y fue la que más me costó llevar a escena. Antes de la pandemia teníamos un elenco y una de las actrices se enfermó; después nos agarró el confinamiento con otro elenco y se desintegró. Este tercer elenco fue una coincidencia genial, se dio un ecosistema casi familiar con los actores. Ensayamos un año entero y pudimos estrenar, pero es un texto que estuvo esperando ocho años”.
Además de la alegría de poder estrenar, algo que ocurrió durante la pasada temporada, ahora se da para Fanchini algo ansiado, como es la presentación de su obra en el Teatro Auditorium. “Para nosotros, los teatristas independientes, llegar al Auditorium siempre genera una gran ilusión y es algo muy disfrutable. Si bien disfrutamos muchísimo de hacer funciones en los centros culturales -vengo laburando ahí hace 15 años-, siempre es lindo pisar otras ligas y tener acceso a estos recintos. Para nosotros el Auditorium es toda una ceremonia, es el lugar de Mar del Plata al que hay que llegar”.
Llama la atención el título, “El rectificador de cigüeñales”, por esa impronta de taller mecánico. ¿Cómo se vincula con los temas que toca la obra?
-Siempre le pongo mucho énfasis a los títulos y a los juegos de palabras. Este nace de una anécdota de un amigo que se fue a España y cuando le pregunté de qué trabajaba me dijo: “Soy rectificador de cigüeñales”. Me encantó cómo sonaba y me quedó grabado en la cabeza. Después, cuando empecé a escribir la obra, la laboré por el carril de lo vincular y lo familiar: el conflicto de una madre que, ante la ausencia del padre, decide rehacer su vida amorosa. La obra cuenta el momento exacto en que ella va a presentarles a sus dos hijos a este futuro novio, y ahí estallan los conflictos.
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¿Y dónde entra la figura de lo mecánico en esa dinámica familiar?
-Uno de los hijos, Fabio, es un mecánico rústico. Busqué desde la dramaturgia que los personajes contrastaran mucho. Toda esa rusticidad y brutalidad del taller mecánico choca con su hermano, Luchito, que es un personaje muy sensible. El estaba destinado a ser un niño prodigio, pero tuvo un accidente misterioso, quedó en silla de ruedas y con un retraso madurativo. Sin embargo, sigue teniendo reflexiones psicológicas y sociológicas muy fuertes mezcladas con cosas muy tontas. Esa fusión da mucha ternura y Roberto De Large hace un laburo enorme. El juego de la obra es ver cómo esa atmósfera rústica de taller se mezcla con la falta de afectos que sufren los personajes.
A veces, desde el arte, los mundos rústicos se miran con cierta distancia. Acá parece haber una intención de cruzar ambos mundos.
-Tal cual. El personaje de Fabio tiene monólogos muy interesantes desde su propia rusticidad; muestra una parte humana casi incomprendida, lanzando reflexiones desde el sentirse no entendido por la sociedad. Me pareció que reflejar eso le aportaba una complejidad muy válida a la obra.
¿Cómo se trabaja para que un personaje rústico, como el mecánico, no caiga en el cliché o el estereotipo?
-Eso lo laburo muchísimo. Trato de que mis personajes -que son como mis monstruitos o mis hijos- no caigan en la obviedad. A veces un actor viene a la primera lectura, le decís que es un mecánico y enseguida te lo compone hablando torcido o fumando. Yo busco romper eso. Fabio es un tipo grandote, rústico, pero tiene una sensibilidad enorme en la voz y en su forma de contar las cosas en los monólogos. Eso se cuida desde la dramaturgia y también basándose en la vida real. Fabio está lejanamente inspirado en el padre de un amigo, que no era mecánico sino veterinario, pero tenía esa misma veta impulsiva y ciertas cositas al hablar. Agarrarte de la gente real te ayuda a no inventar un estereotipo.
Se menciona que la obra se escribió “de una sola tirada y sin correcciones”. ¿Cómo fue ese proceso?
-Fue todo un desafío personal. Yo me considero más dramaturgo que director; escribo desde los 11 años, primero literatura y después teatro. Siempre me impongo un desafío en cada obra nueva, y en el caso de El rectificador... quise ir un paso más allá: escribir sin corrección. Me pregunté qué pasaría si ponía arriba del escenario una “idea madre”, lo primero que te viene a la cabeza, sin pulir ni transformar el texto después. Por supuesto que hay un hilo conductor y una hipótesis argumental, pero se escribió de corrido. Lo que hice después fue armar las partes como un gran rompecabezas, pero el texto no tiene correcciones. Por eso para el espectador es un viaje, porque de repente saltan cosas de la nada.
El desafío de la obra, en esa construcción que le dio Fanchini desde la dramaturga exige un espectador activo, que decodifique los elementos que se van dispersando. “Mi mayor temor era que la gente no entendiera nada -confió el autor-. El desafío era sostenerlo desde la actuación y la credibilidad de los actores. Por suerte nos sorprendimos muchísimo por la excelente respuesta que tuvimos durante toda la temporada. Creo que al público teatral de hoy ya no le gusta ese rol de espectador muerto y estático; le gusta lo participativo, sentirse parte del círculo que completa la obra. Generarle desafíos al espectador es el teatro del futuro”.
Mencionás al espectador actual y el cine hoy vive una crisis global para llevar público a las salas. ¿Pensás que la pandemia modificó definitivamente este vínculo con el público?
-La pandemia nos modificó a todos, salimos distintos de esa tormenta. Aunque esta obra se escribió antes de la pandemia -la empecé hace casi diez años-, mucha gente me dice que es actual, que resuena mucho con la actualidad. Yo soy muy cinéfilo, de chico quería ser actor de cine y esa resaca cinematográfica está en mis obras. Creo que el cine está sufriendo esa readaptación. ¿Cómo hacés hoy para atrapar a alguien durante dos horas? Tenés que generarle desafíos, no hay que subestimar al espectador. El público hoy entiende todo, incluso cosas que ni vos mismo pensaste que estabas poniendo ahí. Venir y que te digan “me encantó lo que quisiste decir en tal escena” desde una perspectiva que no era la tuya... ese juego es hermoso.
La obra viene cosechando muy buenas críticas, premios y nominaciones. ¿Qué lugar le das a esos reconocimientos?
-Me quedo mucho con la devolución de la gente. De esta obra ha salido público llorando o muy impactado porque se vio reflejado, o porque le hizo acordar a un amigo, a un pariente o a una situación propia. Con respecto a los premios, sirven principalmente para visibilizar. Si no, muchas veces te quedás en los sótanos, en el circuito subterráneo. Mucha gente va a ir este domingo porque la obra hizo una buena temporada, tuvo buenas críticas y ganó premios. Los laureles te permiten que te miren de otra forma, te abren las puertas de otros recintos y, en definitiva, son los que hoy nos permiten llegar al escenario del Auditorium.

