Los Lobos Marinos tienen un nombre detrás: la historia de Janez Anton Gruden, el escultor que talló el símbolo eterno de Mar del Plata
Millones de personas se fotografian frente a los Lobos Marinos de la Rambla Bristol, el emblema turístico por excelencia de Mar del Plata. Sin embargo, pocos conocen la historia del hombre que les dio forma en la piedra. Janez Anton Gruden, un inmigrante esloveno que llegó al país con sus herramientas, un violín y el sueño de vivir del arte, fue quien realizó la talla directa de las esculturas que hoy identifican a la ciudad. A través del testimonio de su hijo Eduardo, emerge la historia de un artista silencioso cuyo legado permanece inmortal frente al mar.
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Una obra que todos conocen, pero un escultor que pocos recuerdan
Hay postales que definen una ciudad. En Mar del Plata, ninguna tiene tanta fuerza como la de los dos Lobos Marinos que custodian la Rambla Bristol desde hace más de ocho décadas. Generaciones enteras de turistas pasaron por allí para inmortalizar una fotografía sin imaginar que detrás de esas monumentales esculturas existía la historia de un inmigrante europeo que dedicó su vida a transformar la piedra en arte. Ese hombre fue Janez Anton Gruden, conocido en Argentina como Juan Antonio Gruden, cuya participación en la realización de los lobos permanece todavía poco difundida.
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Del mármol del Adriático a las piedras de Chapadmalal
Nacido el 17 de mayo de 1897 en Nabrežina (hoy territorio de Aurisina en Italia), Gruden creció entre canteras de piedra. Su padre era maestro picapedrero y propietario de una histórica cantera que abastecía de mármol desde tiempos del Imperio Romano. Allí aprendió un oficio que marcaría toda su existencia. Formado como escultor profesional, emigró solo a la Argentina en 1927 llevando consigo sus herramientas de trabajo, libros de dibujo, instrumentos de medición, un violín y las partituras que nunca abandonaría. Un año más tarde llegaron su esposa Dorotea y sus tres hijos para comenzar una nueva vida en Buenos Aires.
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La obra que convirtió a Mar del Plata en un símbolo
En plena construcción del monumental complejo diseñado por el arquitecto Alejandro Bustillo, el escultor José Fioravanti fue el autor del proyecto artístico que coronaría la nueva rambla. Para ejecutar aquella obra recurrió a Gruden, especialista en talla directa sobre piedra. Durante meses, el escultor esloveno vivió en la cantera Sud Atlántica de Chapadmalal, donde fueron extraídos los enormes bloques de ortocuarcita con los que realizó los Lobos Marinos. Trabajó prácticamente a la intemperie, bajo un techo de chapas, enfrentando el frío, el viento y la dureza de una piedra que exige una precisión extraordinaria. El resultado terminó convirtiéndose en el símbolo internacional de Mar del Plata.
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"Mi padre vivía en la cantera y viajaba para mantener a su familia"
A sus 89 años, Eduardo Gruden conserva intactos los recuerdos y la admiración por la obra de su padre. En diálogo con este medio, explica con serenidad un aspecto que durante años generó confusiones. "Fioravanti no robó nada. Él era el autor del proyecto y tenía el contrato de la obra. Mi padre fue quien realizó la talla directa. Es una forma habitual de trabajo entre escultores", aclaró. También recuerda el enorme sacrificio que implicó aquella tarea: "Vivía en la cantera porque nosotros estábamos en Buenos Aires. Viajaba periódicamente para traer dinero y sostener a la familia". Para Eduardo, la verdadera reivindicación comenzó muchos años después, cuando viajó a Europa por cuestiones laborales vinculadas a la construcción de la Central Nuclear Atucha II y pudo reencontrarse con familiares que le entregaron documentación y fotografías que confirmaban la participación de su padre en la realización de los lobos.
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Mucho más que los Lobos Marinos
Aunque el tiempo terminó asociando su nombre casi exclusivamente a Mar del Plata, la trayectoria de Gruden se extendió por buena parte del Río de la Plata. Realizó esculturas monumentales para el Palacio Legislativo de Montevideo, trabajó junto a Arturo Dresco en el Monumento a España en Buenos Aires, participó de la ornamentación del edificio del Banco Nación diseñado por Alejandro Bustillo, talló los capiteles corintios y el Escudo Nacional que hoy millones de argentinos observan sin saber quién los realizó, intervino en el edificio Antonio Pini sobre Diagonal Norte y también dejó su huella en el Monumento Nacional a la Bandera, en Rosario, donde ejecutó los escudos que ornamentan el Patio Cívico. Su obra quedó integrada para siempre al patrimonio arquitectónico argentino.
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El reconocimiento de un legado silencioso
Eduardo guarda una frase que resume toda una vida de esfuerzo. "Yo fui alimentado con el producto de su trabajo", dice con emoción. Es el hijo menor, nacido quince años después que sus hermanos, y asegura haber visto de cerca el enorme sacrificio que implicaba vivir exclusivamente de la escultura en una época en la que cada nuevo encargo significaba la posibilidad de sostener a la familia. "Mi padre siempre fotografiaba sus obras porque eran su carta de presentación para conseguir otros trabajos", recuerda. Aquellas imágenes, conservadas durante décadas, hoy permiten reconstruir una historia que estuvo demasiado tiempo en silencio.
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Una piedra que venció al tiempo
Los Lobos Marinos ya no conservan el blanco original de la piedra recién tallada. El salitre, el viento y el paso de millones de visitantes transformaron su aspecto, pero nunca lograron alterar su esencia. Siguen allí, custodiando el mar como lo hicieron desde comienzos de la década del cuarenta. Son patrimonio histórico, símbolo de la ciudad y escenario de incontables recuerdos familiares. Detrás de cada fotografía existe también la historia de un escultor inmigrante que dejó parte de su vida golpeando la piedra para construir una imagen destinada a la eternidad.
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La memoria también forma parte del patrimonio
Cada vez que un turista posa junto a los Lobos Marinos, probablemente desconozca el nombre de Janez Anton Gruden. Sin embargo, allí permanece su trabajo, intacto frente al océano, convertido en una de las obras más reconocidas de la Argentina. Significa, simplemente, completar una página de la historia marplatense y otorgarle el lugar que merece a quien, con sus manos, su talento y un esfuerzo inmenso, transformó dos enormes bloques de piedra en el emblema más querido de la ciudad. Porque los monumentos sobreviven gracias a quienes los imaginan, pero también a quienes son capaces de darles vida para siempre.
