Del orgullo educativo al abandono: la dolorosa historia del Colegio Jesús Redentor
Durante décadas fue un símbolo de crecimiento, formación y comunidad en el corazón de La Perla. Hoy, a más de veinte años de su cierre, el antiguo edificio del establecimiento educativo se encuentra en ruinas, rodeado de incertidumbre y recuerdos. Una historia que atraviesa generaciones de marplatenses.
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El Colegio Jesús Redentor ocupa un lugar imborrable en la memoria de miles de marplatenses. Allí donde durante años resonaron las voces de los alumnos, los timbres y campanazos anunciaban el inicio de los recreos y los patios se llenaban de juegos, hoy predominan el silencio, el abandono y el deterioro. El edificio ubicado sobre calle España al 1300, con accesos también por Jujuy y Tres de Febrero, permanece vacío desde su cierre definitivo en 2003, convertido en una postal que genera tristeza entre quienes alguna vez lo consideraron su segundo hogar.
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La historia había comenzado mucho antes. En 1967 abrió sus puertas con apenas 17 alumnos en el jardín de infantes y 27 en el nivel primario. Con el paso de los años, el crecimiento fue constante. El proyecto educativo impulsado por referentes como Libertad Mendiburo de Rábago, directora de Primaria; Rosita Fusari de Bavcar, directora del Jardín; y los representantes legales Rubén Rábago y Enrique Bavcar, logró consolidar una institución reconocida y valorada por toda la comunidad.
El desarrollo fue tan importante que para 1991 el establecimiento contaba con alrededor de 1.000 alumnos, además de su nivel de educación media, y una planta de 92 docentes. Generaciones enteras pasaron por sus aulas. Muchos de aquellos chicos que jugaban en sus patios, corrían por sus galerías o compartían horas en los areneros son hoy profesionales, comerciantes, trabajadores, padres que aún conservan recuerdos imborrables de su paso por la institución.
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Entre esos recuerdos permanece intacta la imagen del gran árbol plantado en el patio. "Bajo la sombra del árbol" fue durante años un punto de encuentro, de juegos, de charlas y de fotografías escolares. Como tantos otros rincones del colegio, forma parte de una memoria colectiva que sobrevive mucho más allá de las paredes.
Sin embargo, detrás del crecimiento también comenzaron a aparecer dificultades. Los problemas económicos se hicieron cada vez más evidentes. Hubo despidos de empleados y docentes con muchos años de antigüedad, conflictos laborales y pedidos de quiebra que terminaron afectando seriamente el funcionamiento de la institución. Lo que durante décadas había sido un modelo educativo empezó lentamente a desmoronarse hasta llegar al cierre definitivo.
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Desde entonces, el destino del edificio quedó suspendido en el tiempo. Durante años fue ocupado por personas en situación de calle y se transformó en un foco de acumulación de residuos, deterioro y vandalismo. En varias ocasiones el Municipio realizó tareas de limpieza que permitieron exponer una realidad dolorosa: aulas destruidas, sectores incendiados, pasillos cubiertos de basura, vegetación indomable y espacios que alguna vez estuvieron llenos de vida convertidos en una sombra de lo que fueron.
Actualmente, la propiedad de 1.750 metros cuadrados se encuentra en venta y las demoliciones ya comenzaron en algunos sectores, entre ellos el antiguo acceso por calle España que durante décadas fue la puerta de ingreso al jardín y a la primaria. Quizás el edificio ya no pueda recuperar su antigua función. Tal vez el paso del tiempo haya hecho inevitable su transformación. Cada pared que cae despierta nuevas preguntas entre exalumnos, empleados y vecinos: ¿qué quedará de aquel colegio que marcó tantas vidas? ¿Qué destino tendrá el lugar donde miles de niños construyeron amistades, aprendieron sus primeras lecciones y comenzaron a soñar su futuro?
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Hoy, mientras las máquinas avanzan sobre una estructura que alguna vez estuvo llena de vida, la incertidumbre sobre el futuro del predio convive con una certeza: el Colegio Jesús Redentor seguirá existiendo en la memoria de quienes lo habitaron. En cada anécdota compartida entre ex compañeros, en los actos escolares, en los recreos interminables, en los cuadernos guardados y en esas fotografías impresas que el tiempo fue tiñendo de amarillo. Porque aunque las paredes puedan desaparecer y los patios cambien para siempre, hay recuerdos que ninguna demolición podrá borrar. Allí donde alguna vez jugaron cientos de niños, seguirá latiendo una parte de la historia de Mar del Plata y de varias generaciones que crecieron bajo el nombre de Jesús Redentor.
