Sebastián Viola: el hombre que ilumina los sueños sobre el escenario
Comenzó pasando música en un boliche de Alem, soñó con acercarse al mundo artístico y terminó convirtiéndose en uno de los diseñadores de iluminación más destacados del teatro argentino. Ganador de un Premio Martín Fierro de Teatro por "Legalmente Rubia", Sebastián "Fisu" Viola construyó una carrera donde la técnica se transforma en emoción y cada haz de luz ayuda a contar historias.
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Hay trabajos que el público ve sin saberlo. Están ahí, acompañando cada escena, potenciando cada emoción y haciendo posible que, por unas horas, cientos de personas olviden la realidad para viajar a otros mundos. Sebastián Viola eligió precisamente ese lugar: el de quienes construyen la magia desde las sombras para que el escenario brille.
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Aunque nació en Saladillo en 1985 por una decisión familiar de su madre, su historia está profundamente ligada a Mar del Plata. Apenas tenía un año cuando llegó a la ciudad donde creció, estudió y comenzó a dar sus primeros pasos en el mundo del espectáculo. "La mayor parte de mi vida la hice en mi querida Mar del Plata", contó con orgullo. Sin embargo, nunca perdió el vínculo con Saladillo, donde permanecen gran parte de sus raíces familiares.
Antes de diseñar las luces de algunas de las producciones más importantes del país, “Fisu” era DJ en The Roxy de la calle Alem. Además, contaba con sus propios equipos de sonido, iluminación y proyección, con los que animaba fiestas y eventos. Entre ellos, los del Club Unión, institución a la que considera su segunda casa por su vínculo con el basquet y donde comenzó a descubrir que la técnica podía convertirse en una forma de expresión artística.
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En 2011 tomó una decisión que cambiaría su vida. Se mudó a Buenos Aires con el deseo de acercarse al universo artístico desde el detrás de escena. Comenzó trabajando en la iluminación de Roxy Arcos, luego llegaron pequeñas obras del circuito independiente y nuevos desafíos teatrales. Hasta que una recomendación lo llevó a entrevistarse con un reconocido productor técnico, quien le ofreció formar parte de una gira nacional junto a Topa. Ese fue el punto de partida de un recorrido que no se detuvo más.
"Cada día quería aprender más y más", recordó. La curiosidad y las ganas de crecer se transformaron en una obsesión saludable por perfeccionarse. Lo que en un principio parecía un sueño lejano terminó convirtiéndose en una realidad impensada: diseñar la iluminación de grandes espectáculos, musicales, ballets y recitales que hoy forman parte de la cartelera más importante del país.
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Para Sebastián, la iluminación va mucho más allá de encender reflectores. Es una herramienta narrativa capaz de provocar sensaciones, acompañar emociones y potenciar el mensaje de una obra. "Nuestro trabajo es hacer que la gente sentada en el teatro se traslade a otro lugar. Esa es la magia del teatro", explicó. Cada color, cada sombra y cada cambio de intensidad forman parte de un lenguaje silencioso que dialoga con el público sin necesidad de palabras.
Ese compromiso artístico tuvo uno de sus grandes reconocimientos cuando obtuvo el Premio Martín Fierro de Teatro por su trabajo en el musical "Legalmente Rubia". Sin embargo, lejos de detenerse en el logro, mantiene los pies sobre la tierra. "Es algo simbólico que se agradece muchísimo, pero sigo trabajando y agradecido de poder hacerlo en algo que me conmueve", sostuvo. Una filosofía que refleja el amor genuino por su oficio. Actualmente, está trabajando en la obra en cartelera “Charlie y la fábrica de chocolate” aunque estuvo presente en los últimos musicales de gran despliegue en la calle Corrientes, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
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Mientras Buenos Aires vive un momento histórico para el teatro musical, con producciones de nivel internacional y salas repletas en la avenida Corrientes, él no duda en afirmar que muchas de esas obras podrían exportarse a cualquier rincón del mundo. Y aunque ya tuvo la oportunidad de trabajar en otros países, todavía conserva sueños por cumplir: Broadway o el mítico Teatro Bolshoi de Moscú aparecen entre sus máximas aspiraciones.
Detrás de cada función, cuando las luces se apagan y comienza la historia, hay artistas que no aparecen en escena pero son fundamentales para que la emoción suceda. Sebastián Viola es uno de ellos. Un marplatense que convirtió la pasión en profesión y que, desde una consola de iluminación, sigue ayudando a que miles de personas crean, aunque sea por un instante, en la magia del teatro.

